Universidad · organización

Por qué armar un horario universitario sin choques es más difícil de lo que parece

Seis asignaturas con cuatro grupos cada una son 4.096 horarios posibles. Cómo se detecta un choque, por qué elegir «lo mejor de cada materia» falla y qué cuesta de verdad el viernes libre.

Cada semestre se repite la misma escena: abre la matrícula, hay que elegir grupo en seis asignaturas, y lo que parecía media hora de trabajo se convierte en una tarde con tres pestañas abiertas y una cuadrícula dibujada a mano que ya va por la cuarta versión. No es falta de maña. Es que el problema es genuinamente más grande de lo que aparenta.

Cuántos horarios estás comparando en realidad

Si tienes que cursar seis asignaturas y cada una se ofrece en cuatro grupos, el número de combinaciones posibles no es 6 × 4 = 24. Es:

4 × 4 × 4 × 4 × 4 × 4 = 4⁶ = 4.096 horarios

Cuatro mil noventa y seis. Y es un caso modesto: cinco asignaturas de tres grupos ya son 243, y siete asignaturas con cinco grupos son 78.125. Cada grupo que la facultad añade multiplica el espacio de búsqueda, no lo suma. Revisar eso a mano es imposible, así que lo que hace todo el mundo es mirar unas pocas combinaciones y quedarse con la primera que no explota.

Qué es exactamente un choque

Dos clases chocan si comparten día y sus franjas se solapan. La comprobación es más simple de lo que la gente dibuja:

solapan ⟺ inicio A < fin B Y inicio B < fin A

Con los dos signos estrictos, y pasando las horas a minutos desde medianoche para no pelearse con formatos. Una clase de 10:00 a 12:00 y otra de 11:00 a 13:00 solapan (600 < 780 y 660 < 720). Una de 10:00 a 12:00 y otra de 12:00 a 14:00 no solapan, porque 720 < 720 es falso: una termina y la otra empieza en el mismo minuto. Ese caso límite es el que más se falla a ojo, y es importante que se resuelva como «no chocan», porque encadenar dos clases seguidas es perfectamente válido, aunque quizá no te apetezca.

La trampa está en que un grupo no es una sola clase. Suele traer teoría dos días, práctica otro y a veces un laboratorio quincenal. Un grupo choca con otro si cualquiera de sus sesiones choca con cualquiera de las del otro. Por eso el conflicto aparece tan a menudo en la sesión que nadie miró.

Por qué «elijo el mejor grupo de cada asignatura» no funciona

La estrategia intuitiva es ir asignatura por asignatura escogiendo el grupo que más gusta —mejor profesor, mejor hora— y resolver los choques al final. Es un algoritmo voraz, y tiene un defecto conocido: una decisión buena tomada pronto puede dejar sin salida a una decisión posterior.

El caso típico: eliges para las cinco primeras asignaturas los grupos de mañana, que son los que te gustan, y la sexta resulta impartirse solo por la mañana en todos sus grupos. No hay ninguna combinación válida, y para arreglarlo no basta con cambiar la sexta: tienes que deshacer alguna de las cinco anteriores. Ahí es donde la cuadrícula se empieza de cero por tercera vez.

La forma correcta de recorrer esto es con vuelta atrás (backtracking): vas fijando grupos uno a uno y, en cuanto uno choca con lo ya fijado, lo descartas sin seguir explorando esa rama. Eso poda una cantidad enorme de las 4.096 combinaciones sin llegar a mirarlas, porque descartar un grupo en la segunda asignatura elimina de golpe los 256 horarios que empezaban así.

Un truco que acelera mucho: empieza por la asignatura con menos grupos. Las asignaturas con una sola opción son restricciones duras disfrazadas de elección, y colocarlas primero evita construir medio horario que después habrá que tirar.

Después de los choques viene lo que de verdad importa

Que un horario sea válido no significa que sea bueno. De las 4.096 combinaciones puede que sesenta no tengan ningún choque, y entre esas sesenta hay diferencias enormes. Los criterios que la gente valora, más o menos por orden:

  • Menos días de presencia. Comprimir seis asignaturas en cuatro días te regala un día entero, y si vives lejos es lo que más pesa.
  • Menos huecos muertos. Tres horas libres entre dos clases son tres horas que casi nunca se aprovechan bien.
  • Empezar tarde o terminar temprano. Rara vez se pueden tener las dos cosas; conviene decidir cuál prefieres antes de mirar opciones.
  • Un profesor concreto. Legítimo, pero es el criterio que más recorta el espacio de soluciones. Ponlo como preferencia, no como obligación, o te quedarás sin horarios válidos.

El coste real del viernes libre

Merece la pena decirlo con números, porque es la decisión que más discusión genera. Liberar un día entero no es gratis: las clases de ese día tienen que irse a los otros cuatro. En un plan de seis asignaturas con unas 20 horas semanales, pasar de cinco días a cuatro sube la media de 4 horas diarias a 5, y suele implicar al menos una jornada de siete horas seguidas.

La pregunta útil, entonces, no es «¿puedo tener el viernes libre?», sino «¿estoy dispuesto a un martes de 8 a 15 para tenerlo?». Con esa formulación la decisión se toma en diez segundos. Y es justo el tipo de compromiso que un generador puede enseñarte de golpe, poniendo lado a lado el horario más compacto y el más repartido.

Lo que conviene tener a mano antes de empezar

  1. La lista de asignaturas que tienes que cursar, separada de las que te gustaría cursar.
  2. Todos los grupos de cada una, con todas sus sesiones: teoría, práctica y laboratorio, no solo la principal.
  3. Las restricciones externas reales: el trabajo de los jueves por la tarde, el tren de las 19:10, la clase de idiomas.
  4. Tu orden de preferencias, escrito antes de ver las opciones. Escribirlo después es la forma habitual de acabar justificando un horario malo.

Un aviso que ahorra sustos: los horarios publicados antes de la matrícula cambian. Aulas que se mueven, grupos que se desdoblan por demanda, sesiones que aparecen en la segunda semana. Guarda tu segunda y tu tercera opción, no solo la ganadora; el día que muevan una clase las vas a necesitar con prisa.